-

-

domingo, 23 de abril de 2017

Democracia y Cultura, archivos públicos y memoria histórica.

Sin duda, toda sociedad se sustenta inevitablemente sobre unas determinadas ideas y vivencias de la Cultura, hasta el punto de que, en ese sentido, sociedad y cultura vendrían a ser sinónimos. Por eso en Francia el debate sobre la Cultura profunda del país, la que viene de 1789, es muy intenso en toda la sociedad gala. Por supuesto, la crisis que atraviesa ese país acerca de sus más auténticas señas de identidad no nos resulta un fenómeno ajeno en España. El caso catalán, el supuesto peligro de yihadismo internacional a la vuelta de cada esquina de cada calle o el desestabilizador impacto de la globalización sobre las nuevas mentalidades y generaciones son ejemplos claros de que aquí también se masca un mismo sentimiento de desnortamiento general, de duda, de fragilidad colectiva, de miedo, de crisis de identidad. Algunos movimientos colectivos hacia posiciones defensivas, muy conservadoras, inmovilistas, xenófobas, tienen que ver con esa rotura de la Cultura en toda Europa, tan relacionada con el estado del bienestar, en la que habíamos vivido hasta ahora.

En la España de hoy esta crisis tiene que ver, particularmente, con la corrupción generalizada no solamente del Partido Popular, sino de muchas grandes empresas al amparo del Partido Popular. Esa corrupción -a la que el PSOE no es totalmente ajeno- tiene como uno de sus lógicos y devastadores efectos la puesta en entredicho de las mimbres que hicieron posible la llamada Transición y postransición, es decir, los fundamentos políticos, sociales y culturales que han dado vida al país entre 1975 y 2008, el año de la debacle. Reflotar a la banca española con dinero público para empobrecer hasta duros límites a la población española, al mismo tiempo que se habilitaba una ley de orden público amenazante y cainita, ha sido y es un crimen social sin precedentes que, de quedar impune, hará que esta sociedad estalle bruscamente más pronto que tarde. Aunque para mí hay una fecha y un hecho que suponen, para el caso español y antes de ese año 2008, la entrada en la llamada -por los especialistas- era de la posverdad, y es, a saber, la participación de José María Aznar en el apocalíptico abrazo de las Azores, por el cual España, de la mano de Estados Unidos e Inglaterra, se lanzaba a conquistar Oriente Medio. O dicho de otra manera más en clave histórica: en España se ha transmutado la castiza Inquisición por una VI Flota con capacidad atómica como  estrategia de honor y presencia en el mundo y así poder desembarazarnos -más que nada psíquicamente-  de nuestra mala imagen de 1898. ¿O no es corrupción política profunda, en su máximo grado, arraigada en la historia, dedicarse a la guerra de rapiña frente a los países que, sobre todo, producen ahora petróleo?.

un vídeo de 2008:

Pero aparte de las guerras internacionales en las que algunos se desviven por implicarnos al precio que sea, para el caso español hay una cuestión que refleja como ninguna la vía de agua abierta en toda la línea de flotación de la frágil democracia que los agentes del IBEX 35 han diseñado y sostenido para nosotros durante estos años. No, no es la absolutamente ridícula marca España que los poderosos empresarios del turismo han grabado a fuego en la sencilla mente de nuestro actual presidente de gobierno. Y esa cuestión que se comporta como una vía de agua de la democracia es la llamada memoria histórica. Porque no es que solamente muchas decenas de miles de españoles, personas fieles a la IIª República o a los ideales libertarios o personas simplemente críticas con el nacionalcatolicismo, sigan enterrados en las cunetas y descampados del país, lo cual es un asunto mucho más que grave, es que los partidos turnistas de siempre se siguen empeñando denodadamente en acallar cualquier intento de remover la Ley de Aministía o remover la institución de la monarquía, etc. Saben que permitir la memoria histórica es abrir una puerta a la República que España tiene que ser. Saben que abrir los juzgados a la búsqueda de los desaparecidos por causa del golpismo militar de julio de 1936 es sinónimo de entrar en un nuevo proceso constituyente que no solamente llevará aparejado hablar de un estatuto para Cataluña, sino hablar a fondo de la odiosa vigencia de la monarquía que el general Franco nos impuso. Si hay que seguir dejando a los muertos en las cunetas con tal de que no se toque la monarquía pues se dejan, piensa la derecha y buena parte del PSOE. O con más precisión… no es momento de dejar que algunos generemos serias turbulencias que, de algún modo, podrían afectar a los ingresos del auténtico partido gobernante, es decir, del IBEX 35 que domestica al PSOE y al PP a base de simples y contundentes puertas giratorias.

Quien no se pregunte, por ejemplo, cómo el rey Juan Carlos ha amasado en estos últimos 30 años una fortuna, según toda la prensa especializada en el caso, de más de 1.500 millones de euros, es que no quiere entender que la Cultura nacionalcatólica española, antipopular y antidemocrática, desde el caciquismo, pasando por Primo de Rivera hasta Franco y sus borbones, ha sabido adaptarse al siglo XXI con total efectividad, impidiéndonos progresar y ser libres. El diputado Gabriel Rufián, refiriéndose al recién muerto ministro franquista José Utrera Molina, lo ha dicho infinitamente más claro: “A Puig Antich le rompieron el cuello con un garrote vil y 23 años. Quien le condenó, ha muerto hoy con 91 en su cama. Que no se olvide”.


La esencia de la Cultura en España, nuestro rasgo más definitorio como colectividad humana, es la sumisión -por supuesto por la fuerza- a caudillos o pactos radicalmente antisociales, es decir, radicalmente antidemocráticos. Desde el todo para el pueblo pero sin el pueblo del rey Carlos III hasta una Constitución del 78 que llevaba en su entraña la desposesión al Parlamento de la capacidad de decidir sobre el llamado techo de gasto no hay más diferencia que unos años de hambre y convulsiones para los de abajo, felices y prósperos años para los de arriba -que han sabido sortearlos, tan garbosamente, enriqueciéndose más todavía-.

La Cultura en España consiste, sencillamente, en una modalidad de contubernio financiero-gubernamental cuyo objetivo es, precisamente, no elevar el nivel cultural del pueblo, mantenerlo muy bajo cuanto más tiempo mejor. Mucho ridículo leer el Quijote en las plazas públicas el día 23 de abril, pero arrinconando sin tapujos la Cultura y la Educación públicas en el presupuesto nacional para poder, al mismo tiempo, privatizar esos ámbitos y que solamente quien pueda pagarse una buena educación y buenas oportunidades culturales tenga acceso real a una progresiva transformación hacia la Justicia y la Conciencia personal y colectiva -que así me parece a mí que podría definirse la Cultura-.

Si alguien cree que exagero, o que teorizo mucho y soy incapaz de concretar, entonces que ese alguien reflexione un poco acerca de, por ejemplo, la monumental porquería de televisión que se nos ofrece hoy. Y dentro de esa televisión, así en general, que piense un poco, por concretar más, en la calidad y en la neutralidad política, inexistentes, de los telediarios. Ah, que no se nos está dando esa basura de televisión para imposibilitar el desarrollo normal de la conciencia colectiva y de la democracia. Ya.

Pero queda, y mucha, dignidad a la gente de la Cultura para criticar con energía a los manijeros de los poderosos. Me refiero, por ejemplo, a esa gente del cine que mantiene viva la llama de la independencia, la creatividad y el criticismo para poner de vuelta y media a ministros de Cultura que solamente se han dedicado, casi de forma impune, a castigar inmisericordemente a sectores como los del libro y del cine.

Pero volvamos, ya para finalizar, a la memoria histórica y, claro, a los archivos públicos donde, en buena medida, esta se encuentra. En la cuestión del Valle de los Caídos no me meteré. ¿No es –estoy intentando volver a concretar–  la negativa del gobierno a desclasificar los ya famosos 10.000 documentos, hoy clasificados como secreto militar, de entre los años 1936 y 1968, una señal clara de hasta qué punto carecemos de democracia y seguimos en manos de una casta vigilante, antisocial y oscurantista a la vieja usanza?.


Recordemos parte del contenido de esos documentos: “…expedientes sobre desertores y desterrados, documentos sobre la actividad de la censura y material relacionado con los antiguos ‘batallones de trabajo’ y campos de concentración… documentos relativos a la actividad del espionaje español en ese período, los planes de respuesta ante invasiones extranjeras e información sobre la política española durante el protectorado de Marruecos o sobre cesión de material bélico por parte de EE.UU.” (Mariela Rubio, 29/05/2012). No nos está permitido acceder a esta información. Está prohibida la memoria histórica y está prohibido conocer los entresijos del franquismo. Más claro agua: vivimos en un estado de cosas en las que el golpismo sigue y sigue dinamitando la democracia.

Debo terminar y temo no estar desarrollando bien la idea de que el ascenso de los fascismos en la Europa de hoy obedece a que la Cultura que se nos ha vendido desde el final de la carnicería de la IIª Guerra Mundial hasta aquí es letra muerta y que en España ni siquiera eso porque aún seguimos sin democracia. Porque la Inquisición sigue, impertérrita, organizando ahora sus autos desde el Palacio de la Bolsa con 35 destacados cardenales que ya no nos echan ni las migajas.

Por todo ello creo que el mundo de la posverdad en el que vivimos ya no se caracteriza por la muerte de Dios, tan pasada de moda desde el olvidado Auschwitz, sino por la muerte de la Cultura donde Dios, la Historia, la Verdad, tenían aún algún simpático sentido.